21.12.12

Preludio.


Rimbaud fue el maestro. ¡Inconscientes! Le perseguimos durante años como si fuera la verdadera y única salvación, con un impulso fanático. Más aún, como si estuviese a nuestro alcance. Sin objetivo más noble que el de morir en sus filas peleábamos cada noche contra nosotros mismos hasta desfallecer; hasta que destruidos, los cuerpos decían basta. No ha existido rival más temible ni ataque más despiadado, y las cicatrices recuerdan su nombre en fuego sobre la piel.

Tan solo consiguieron hacernos parar entonces, cuando toda línea dejó de brotar y el dolor de descubrirlas. Él había estado en todos los infiernos: el de la cólera, el del orgullo, el de las caricias. Él había ido, y vuelto y regresado, y allá por donde nuestros pies pisaban se leían los restos de su sombra. Pero la capacidad era también suya, y nuestro barco ebrio navegaba con sus cartas, y nuestra penitencia con su verso; nunca fuimos ni genios ni precoces. Unos niños asustados buscando la gloria que nunca hemos merecido, haciéndonos daño para vivir eternamente. Redención es destrucción, encarad la tormenta.

Prometo naufragar de nuevo.

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