4.2.13

Artistas cachorros. (1)

«Muchas cosas se han dicho acerca de Robert, y se dirán muchas más. Los chicos adoptarán sus andares. Las chicas se pondrán vestidos blancos y llorarán las pérdidas de sus rizos. Lo condenarán y lo adorarán. Censurarán o idealizarán sus excesos. Al final, la verdad se hallará en su obra, la esencia corpórea del artista. No se deteriorará. El hombre no puede juzgarla.»

Así publicó Patti Smith hace casi tres años la preciosa esquela a la que llamó Just Kids. Y con la imagen de Robert en mi cabeza comenzaron a surgir estas páginas; plasmadas sobre sus maneras provocadoras, sobre sus claroscuros y la droga como catalizadora del Arte.

Alejado de lo físico consigo transgredir mis propias reglas, convenciones y paradigmas, pero nadie puede juzgarme por haber cedido el control de la obra agónica. En otro lugar y otro cuerpo, pero tras un año de contemplación, al fin, ha vuelto a la vida.



Warhol era un mutante. La trascendencia en su obra era eliminada solo para dar libertad al acto creador, supo jugar al juego del arte sin más pretensión que la de crear arte.

Llegué a una revelación similar una madrugada de verano del 99; cuando tumbado en mi pequeño apartamento me dejaba los ojos en las latas de sopa Campbell que colgaban delante mía.

Alrededor las sábanas estaban tiradas por el suelo sobre bocetos y proyectos abandonados. Pequeños maniquíes y telas se repartían por la mesa, por encima de las sillas y armarios impregnados de un fuerte olor a acetona. Recuerdo el ambiente cargado, húmedo y asfixiante. La luz naranja de las farolas entraba por las rendijas de la persiana dibujando puntos sobre el techo. En el suelo yo y mi colchón, que tirado en el suelo aparentaba una balsa resistiéndose a ser engullida por todos los proyectos abandonados durante meses. Supongo que en esa situación me tocaba ser el náufrago.

Giré un poco hacia la mesilla de mi derecha y levanté la mano para coger un pequeño saco de piel marrón cerrado con un ribete, también de cuero. Los huesos del brazo crujieron al despertarse. Me incorporé con dificultad, saqué un papel y lo puse en la lengua. No tuve valor de cruzar la mirada con él antes de que el amargor se fundiera en la boca. Fui al baño casi a oscuras, apartando papeles y restos de comida y bolsas y botellas de plástico. Tanteé la pared hasta que el tubo fluorescente sobre el grifo comenzó a parpadear, iluminando el cubo perfecto que era aquello: la taza, la ducha, la pila y las manchas de humedad amarillentas. Tomé un sorbo de agua y apoyado en el lavabo miré al espejo roto sobre él.

Mis ojos, entre grises y azules, eran más grises que nunca. Las ojeras, oscuras y pronunciadas. El pelo enmarañado caía hasta el cuello, y la barba negra  era suficientemente espesa como para no dejar ver la piel pálida debajo. Llevaba dos semanas sin salir de allí. Esperé a que mis pupilas aprendieran a mirar mientras devoraban el color, poco a poco.

A la mañana siguiente tenía acabado el retrato de Vera. Su foto pinchada en la pared tenía ahora una copia de formas caprichosas y colores difuminados. Vera aparecía en el lienzo quitándose la blusa negra, que tapaba su cara a la vez que descubría su pecho desnudo. Durante unas horas la había evocado tan claramente... Aún por la mañana podía rememorar su olor, el mismo olor a vainilla que tenía cuando nos despedimos en la estación de París-Austerlitz tres meses atrás, como si hubiera pasado toda la noche posando solo para mí. En cierto modo lo había hecho.

Aparecía rodeada de estrellas de diferentes tamaños y colores, de un universo infinito que gravitaba a su alrededor. Ella sostenía desde el centro una obra que, a su vez, la envolvía y abrazaba. Aunque la técnica era imperfecta, tenía borrones y manchas, no se me ocurrió tocar nada. Tenía la sensación de que una sola pincelada, estropearía el embrujo. Despejé un rincón arrojando los trastos al de enfrente y dejé descansar a Vera.

Yo estaba agotado, no recordaba cuanto llevaba sin dormir. Sin embargo también me encontraba eufórico. Abrí las dos ventanas que tenía el apartamento y decidí poner orden en aquel desastre: hasta esa noche había estado mentalmente anulado, y un artista anulado está condenado a vivir en el más oscuro y maloliente de los agujeros.

Tiré los pinceles que iba encontrando en el lavabo, sin tapón. Apilé todos los libros bajo las latas de Warhol; los bocetos a su izquierda; el resto de papeles a la derecha; llené bolsas y bolsas de basura; coloqué carpetas, revistas y catálogos en un estante sobre la mesita. Las carpetas estaban llenas de fotografías que había recortado de revistas de moda y periódicos y alguna que había tomado yo mismo en museos con la Leica. Desde Irving Penn hasta Dalí, esas hojas me ofrecían una inspiración que había servido para avanzar años atrás, pero últimamente no eran suficientes para progresar.

Cuando hubo suficiente espacio arrastré el colchón bajo una de las ventanas y me dejé caer. Desde el suelo eché otro vistazo a Audrey, a las latas y a Audrey de nuevo antes de cerrar los ojos. Tuve la sensación de que ese dibujo no era del todo mío, que tan solo había sido la mano que sostiene el pincel. Sin embargo, ¿quién no preferiría engañar a ser engañado?

No hay comentarios:

Publicar un comentario