18.2.13

Artistas cachorros. (2)

Desperté con el sonido del timbre y un millar de agujas clavadas en la cabeza. Tuve que esperar un par de minutos mientras intentaba ubicarme y, tambaleante, asomé la cabeza por una de las ventanas encima del catre improvisado. Las dos daban a una misma callejuela estrecha, custodiada por dos edificios de renta antigua. Tres pisos cada uno frecuentados a menudo por guerreros, ladrones, pícaros y vagos; éramos la sombra de aquella España de fin de siglo, el barro de estos lodos. Obreros, corruptos, ladrones y artistas.

Un sol de justicia bañaba los restos de vidrio de las aceras y caía sobre la gorra blanca del personaje que llamaba a mi portal a aquella hora, fuera la que fuera. Le tapaba la cara, pero no esperaba a nadie y eso descartaba a todo el mundo menos a una persona. Ningún vendedor de enciclopedias era suficientemente valiente para perderse por allí. Pulsé el botón del telefonillo para que parara ese pitido penetrante y mientras la visita subía al último piso —sin ascensor— aproveché para tomar un par de pastillas que contuvieran la migraña y me apoyé contra la pared.

Espero hasta que empuje la puerta. Privet. —Arrancaba pausadamente cada letra de su garganta, con su voz raspada y profunda. Yo me limito a inclinar la cabeza.
 
Su cara estaba rasgada por no pocas cicatrices, una de las cuales atravesaba su ceja dándole un aspecto incómodo. Las manchas cubrían su rostro incluso por debajo de la barba canosa. Las arrugas y el tabique torcido tampoco ayudaban al conjunto, presidido por ojos negros y profundos, cejas largas y despeinadas y una mirada cansada sempiterna que intentaba ocultar bajo la visera. Era Vlad, un gran amigo. Podría decir que mi único amigo, a pesar de que él superara el medio siglo y yo no llegara a los 25.

Vladimir Záitsev era un exiliado ruso que había llegado a Madrid «por circunstancias de la vida», como siempre repetía. Salió de Moscú tras la muerte de Brézhnev, en 1982, y deambuló tres años por Europa mendigando en Budapest, Belgrado y Berna hasta que encontró la estabilidad en un semisótano del barrio de Batán. Aún conservaba un fuerte acento soviético, latente en cada una de sus palabras.

—Vaya vertedero. —Vlad disfrutaba de las erres y del vodka sin moderación. Escupía cada palabra envuelta en alcohol cuando miró los montones de trastos diseminados por el cuarto.—Joder, ¿de dónde ha salido tanta mierda?
—Lo de siempre.
—Intenta aguantar hasta que me muera ¿quieres? ¿Es ella? Asentí. Vera seguía en la esquina, dejándose la piel en cada mirada.
—Es bella.

Vladimir tenía esas cosas. A veces usaba un lenguaje caprichoso, extraño. A ningún maleante de los pisos al otro lado de la calle se le habría ocurrido llamar bella a aquella mujer; los más educados habrían dicho que era guapa, la mayoría se conformaba con decir que la follarían. No se escuchaba la palabra bello desde los poemas de principio de siglo, con las excepciones contadas de políticos exaltados y enamorados empalagosos en las barcas del Retiro.

Me acercó un cigarro y fuego antes de apoyarse en el jambaje del baño. Empezó a murmurar sobre la crisis institucional de algún país del norte, de la renta variable y de la página de sucesos. No lo escuché, el mundo real solo era un reflejo distante del mío.

Bien inducido, ese mundo era apasionante. En mi cabeza estallaban tormentas destructoras, barcos ebrios, guerras civiles. Y aunque siempre acababan mal, sentía esos viajes como parte indivisible de mi. La autodestrucción me acompañaba de la mano desde que, de niño, decidí que arañar los brazos con la cuchilla de afeitar mi padre tenía una innegable carga artística a la que no podía renunciar.

—Déjalo. No importa, ya me voy. —Vlad se interrumpió y me miró con ojos tristes, como quien visita a un familiar moribundo en el hospital.  —Tampoco era importante, solo vine porque no contestabas el teléfono. ¿Vendrás mañana?
—Supongo.

No dijo nada más antes de irse. El auricular del teléfono, descolgado y desenchufado, estaba encima de uno de los montones de papeles y ahí iba a seguir al menos otras dos semanas. Lo único capaz de sacarme de mis casillas más que la opinión no solicitada de un desconocido era recibir una llamada inesperada.

Unos días más.

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